– ¿En qué estado se encuentra el muchacho? ¿Qué heridas presenta?

Riley se mostró afligido, le abrumaba lo que sabía y con gusto lo habría olvidado.

– Está muy mal -dijo casi en voz baja-. Sigue inconsciente, aunque no cabe duda de que está vivo. Si no empeora esta noche va a necesitar muchos cuidados, varias semanas, quizá meses. Está muy malherido, pero es difícil concretar más. No puedo ver dentro de un cuerpo si no corto y abro. La sensación que tengo es que los órganos principales están terriblemente maltratados, pero no reventados. Si lo estuvieran, a estas alturas ya habría muerto. Por los sitios en los que recibió los golpes, tuvo más suerte que el otro hombre. Tiene las dos manos rotas, aunque eso apenas importa, comparado con lo demás.

– No habría nada en su ropa que lo identificara, supongo -preguntó Evan sin ninguna esperanza real.

– Sí -contestó Riley, abriendo los ojos algo más animado-. Según parece llevaba un recibo de calcetines a nombre de «R. Duff». Tiene que ser él. No me imagino a nadie llevando consigo el recibo de los calcetines de otro hombre. Y acude al mismo sastre que el hombre fallecido. Existe una ligera semejanza física en la forma de la cabeza, el corte de cara y, sobre todo, en las orejas. ¿Suele usted fijarse en las orejas de las personas, sargento Evan? No todo el mundo lo hace. Las orejas son muy distintivas. Creo que acabará descubriendo que estos dos hombres son parientes.

– ¿Duff? -A Evan le costaba creer en su buena suerte-. ¿R. Duff?

– Así es. No sé a qué corresponde la «R», pero quizá mañana sea capaz de decírnoslo él mismo.

De todos modos, puede probar suerte en casa del sastre. Un buen profesional suele reconocer su trabajo.

– Sí, sí, claro. Me llevaré una prenda para enseñársela. ¿Puedo ver las ropas del chico?

– Están junto a su cama, en el siguiente pabellón. Le acompañaré.

Se volvió y encabezó la marcha a lo largo del amplio pasillo vacío hasta un pabellón de camas alineadas, cubiertas por mantas grises, con pacientes tendidos o recostados. En el otro extremo, una estufa panzuda daba bastante calor y, pese a que no avanzaban despacio, una enfermera los adelantó tambaleándose, acarreando un cubo lleno de carbón para mantenerla bien alimentada.



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