Evan se acordó de repente de Hester Latterly, la muchacha a la que había conocido poco después de su primer encuentro con Monk. Había estado en Crimea como enfermera junto a Florence Nightingale. No podía imaginarse el coraje que había necesitado para hacer aquello, para enfrentarse a enfermedades terribles, a la carnicería del campo de batalla, al dolor y la muerte constantes y además encontrar en su fuero interno los recursos precisos para sobreponerse, para ayudar y brindar consuelo a quienes, de entrada, se sabía impotente para aliviar, por no hablar ya de salvarlos.

¡No era de extrañar que aún la consumiera la rabia por lo que ella consideraba incompetencia en la administración sanitaria! ¡Cuánto habían discutido ella y Monk! Sonrió al recordarlo. Monk aborrecía su afilada lengua al mismo tiempo que la admiraba. Y ella despreciaba la dureza que creía ver en él, la arrogancia y la indiferencia ante el prójimo. Y sin embargo, cuando tuvo que hacer frente a la peor crisis de su vida, fue ella quien se mantuvo a su lado, quien se negó a permitir que se diera por vencido, quien luchó por él cuando todo indicaba que no lograría vencer y, peor aún, que no merecía hacerlo.

Cómo se había rebelado contra tanto enrollar vendajes, barrer suelos y acarrear carbón, sabiendo que era capaz de mucho más, como bien había demostrado luego en las tiendas de los hospitales de campaña, ayudando a cirujanos que hacían más de lo que podían. Había querido reformar tantas cosas que su propio afán le cercó el camino.

Ahora estaban al fondo del pabellón y Riley se detuvo junto a una cama donde yacía un joven, pálido e inmóvil. Un cristal empañado con su aliento era lo único que indicaba que se encontraba vivo. A simple vista no lo parecía.



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