Evan se inclinó hacia el cuerpo que tenía más cerca. Shotts bajó un poco la linterna para que observara mejor la cabeza y el torso. Era un hombre que, a juicio de Evan, ya había superado la cincuentena. Tenía el pelo canoso y espeso, y la piel suave. Cuando Evan la tocó con el dedo, la notó tensa y fría. Sus ojos aún estaban abiertos. Le habían golpeado de tal modo que Evan sólo logró hacerse una idea muy general de sus rasgos. Daba la impresión de haber sido un hombre apuesto. Saltaba a la vista que su ropa, pese a los desgarrones y las manchas, era de excelente calidad. Hasta donde Evan podía deducir, se trataba de un hombre de estatura media y constitución robusta. No era fácil decirlo, ante un sujeto doblado de aquel modo, con las piernas torcidas y parcialmente debajo del cuerpo.

– Por el amor de Dios. ¿Quién le habrá hecho esto? -preguntó a media voz.

– No lo sé, señor -contestó Shotts, tembloroso-. Nunca había visto a nadie tan molido a golpes, ni siquiera por aquí. Tiene que haber sido un loco, es lo único que se me ocurre. ¿Le han robado? Supongo que sí.

Evan movió un poco el cuerpo para acceder a los bolsillos del abrigo. En los exteriores no había nada. Probó dentro y halló un pañuelo limpio y planchado, de algodón de primera calidad, finamente bordado. Nada más. Hurgó en los bolsillos del pantalón y encontró un puñado de calderilla.

– El ojal está desgarrado -observó Shotts, examinando la chaqueta-. Parece que le hayan arrancado el reloj y la cadena. A saber lo que andaba haciendo por aquí. Esto es un poco peligroso para alguien de aspecto semejante. Fulanas y pelanduscas las hay a montones a menos de un kilómetro al oeste. En Haymarket hay todas las que se quiera y no es peligroso. ¿Usted vendría hasta aquí?

– No lo sé -contestó innecesariamente Evan-. Quizá si averiguamos el motivo por el cual lo hizo sabremos lo que le ha sucedido.



2 из 391