-Se puso en pie y se acercó al otro cuerpo. Era un hombre más joven, rondaría los veinte años, aunque su rostro también estaba tan magullado que sólo el trazo afilado de la mandíbula y la fina textura de la piel aportaban algún indicio sobre su edad. La compasión y un acceso de ira ciega se apoderaron de Evan cuando observó la parte inferior de las ropas que cubrían su torso empapadas en sangre, la misma que aún se filtraba y manaba de debajo de su cuerpo, manchando los adoquines.

– Dios mío -dijo con voz ronca-. Pero ¿qué ha pasado aquí, Shotts? ¿Qué clase de criatura puede hacer algo así? -No usó el nombre de Dios en vano. Como hijo de cura rural, fue educado en una pequeña comunidad campesina, donde todo el mundo se conocía, para bien o para mal, y donde las campanas de la iglesia sonaban por igual en la casa solariega que en la cabaña del labriego o la posada del tabernero. Había conocido la felicidad y la tragedia, la bondad y también todos los pecados que la envidia y la codicia propiciaban.

Para Shotts, criado no lejos de los desagradables y oscuros bajos fondos de Londres, la escena no resultaba tan chocante, aunque bajó la vista hacia el muchacho con un estremecimiento de compasión por él y de miedo ante la posibilidad de que alguien fuera capaz de hacer aquello.

– No sé, señor, pero espero que atrapemos al cabrón que lo hizo y confío en que lo cuelguen. Yo lo haría si estuviera en mi mano. Aunque no será fácil cogerlo. No veo por dónde empezar. Y no podemos contar con que nos ayude mucho la gente de por aquí.

Evan se arrodilló junto al segundo cuerpo y palpó los bolsillos en busca de algo que al menos le identificara. Al rozar el cuello del muchacho con los dedos sintió un escalofrío de incredulidad, casi de horror. ¡Estaba caliente! ¿Era concebible que todavía viviese?

Si estaba muerto, lo estaba desde hacía menos tiempo que el hombre mayor. ¡Tal vez llevaba horas tirado y desangrándose en aquel callejón helado!



3 из 391