
– ¿Le duele la garganta? -preguntó Riley de nuevo-. Asienta con la cabeza si es que sí.
Rhys movió la cabeza muy despacio. También parecía ligeramente sorprendido.
Riley puso la mano en la fina muñeca de Rhys, por encima del vendaje que le cubría la mano rota. La otra, igualmente herida, descansaba sobre la colcha.
– ¿Puede hablar, señor Duff? -preguntó Riley en voz baja.
Rhys volvió a abrir la boca sin llegar a decir nada.
Riley aguardó.
La mirada de Rhys reflejaba un terrible recuerdo, el miedo y el dolor lo tenían paralizado. En un abrir y cerrar de ojos movió la cabeza de lado a lado en señal de negación. No podía hablar.
Riley se volvió hacia Evan.
– Lo siento, de momento no sacará nada de él. Puede que mañana esté en condiciones de responder «sí» y «no», o puede que no. Por ahora está demasiado trastornado para que usted le moleste lo más mínimo. Desde luego no va a decirle nada ni podrá describirle a nadie. Y pasarán semanas antes de que sea capaz de sostener una pluma, suponiendo que las manos lleguen a curarse como esperamos.
Evan titubeó. Necesitaba desesperadamente saber qué había ocurrido, pero le desgarraba la pena ante aquel chico lesionado de aquel modo insoportable. Deseó tener la fe de su padre para lograr comprender que pudieran llegar a ocurrir cosas como aquella. ¿Por qué no existía alguna clase de justicia que lo impidiera? Él no contaba con una fe ciega que calmara su rabia ni su pesar.
Como tampoco tenía la capacidad de Hester para proporcionar una ayuda eficaz que aliviara la dolorosa desesperación que embargaba al muchacho.
Quizá lo único que podía hacer era empeñarse en desvelar la verdad tal como lo haría Monk.
– ¿Sabe quién le hizo esto, señor Duff? -preguntó Evan, sin hacer caso a Riley.
Rhys cerró los ojos y volvió a negar con la cabeza. Si guardaba algún recuerdo, estaba claro que prefería enterrarlo al resultarle demasiado monstruoso.
