– Me parece que debería usted marcharse, sargento -dijo Riley, con los nervios a flor de piel-. No puede decirle nada.

Evan admitió que era cierto y, tras una última mirada al rostro ceniciento del joven que yacía en la cama, se dispuso a cumplir con el deber que más aborrecía.


* * *

Ebury Street era una calle tranquila y elegante sumida en el frío de la mañana. Una fina lámina de hielo cubría las aceras haciendo que a las criadas no les apeteciera entretenerse con cotilleos al aire libre. Las dos o tres personas que Evan vio eran pura actividad, abrían las ventanas para sacudir plumeros y fregasuelos y volvían a cerrarlas lo antes posible. Un recadero adolescente llegó correteando hasta una puerta de servicio y tocó la campanilla con los dedos entumecidos.

Evan encontró el número treinta y cuatro, e imitando inconscientemente a Monk se dirigió a la puerta principal. En cualquier caso, noticias como la que él traía no debían pasar primero por las cocinas.

Su llamada fue atendida por una doncella con un impecable uniforme. El lino almidonado y el encaje anunciaban de inmediato un hogar con una posición económica muy superior a la que sugerían las ropas del finado.

– Dígame, señor.

– Buenos días. Soy el sargento de policía Evan. ¿Es éste el domicilio del señor Leighton Duff?

– Sí, señor, pero no se encuentra en casa en este momento -dijo la doncella con cierta inquietud. No era la clase de información que normalmente habría dado a una visita, aun sabiendo que fuese verdad. Miró el rostro de Evan, percibiendo su fatiga y su pesar-. ¿Está todo en orden, señor?

– No, me temo que no. ¿Tiene esposa el señor Duff?

La muchacha se llevó una mano a la boca, con los ojos alarmados, pero no gritó.

– Será mejor que avise a su doncella y quizá al mayordomo. Lamento decir que traigo muy malas noticias.

Incapaz de hablar, la doncella terminó de abrir la puerta invitándolo a entrar.



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