Un mayordomo de escaso pelo gris se acercó desde el fondo del vestíbulo con el ceño fruncido.

– ¿Quién es el caballero, Janet? -Se volvió hacia Evan-. Buenos días, señor. ¿Puedo servirle en algo? Lo siento pero el señor Duff no se encuentra en casa en este momento y la señora Duff no recibe. -Sin duda no interpretó la expresión de Evan como lo había hecho la doncella.

– Soy de la policía -aclaró Evan-. Traigo noticias terribles para la señora Duff. Lo siento mucho. Quizá sea conveniente que esté usted presente por si necesita asistencia. Y no estaría de más que enviara al mozo en busca de su médico de cabecera.

– Pero ¿qué…? ¿Qué ha sucedido? -Ahora se mostró totalmente horrorizado.

– Me temo que el señor Leighton Duff y el señor Rhys Duff han sido víctimas de un acto violento. El señor Rhys está ingresado en el hospital St Thomas y su estado es muy grave.

El mayordomo tragó saliva.

– Y… ¿Y el señor…? ¿El señor Leighton Duff?

– Lamento decirle que ha muerto.

– Dios mío… Yo… -Se tambaleó un poco, plantado en medio del magnífico vestíbulo con su escalinata en curva, aspidistras en urnas de piedra y un paragüero de latón lleno de bastones con mango de plata.

– Será mejor que se siente un momento, señor Wharmby -dijo Jane, con voz apesadumbrada.

Wharmby se irguió y tomó aire, aunque se le veía muy pálido.

– ¡Ni hablar! ¿Y luego qué? Mi deber, igual que el suyo, es cuidar a la pobre señora Duff haciendo cuanto podamos. Encárguese de que Alfred vaya en busca del doctor Wade. Yo informaré a la señora de que hay alguien que desea verla. Cuando vuelva traiga una licorera con coñac… Sólo por si alguien precisa un reconstituyente.

Sin embargo, no fue necesario. Sylvestra Duff permaneció sentada, sin pestañear, en un gran sillón del salón de día, con la tez blanca de tan pálida como estaba, acentuando así la negrura de sus cabellos y sus marcadas facciones. No era hermosa a primera vista -su cara era demasiado larga, demasiado aguileña, la nariz delicadamente acampanada, los ojos casi negros-, pero poseía una gran distinción que iba en aumento a medida que pasaba uno más tiempo en su compañía. Hablaba en voz baja y comedida. En otras circunstancias, habría resultado adorable. Ahora estaba tan desgarrada por el horror y el pesar que apenas si conseguía articular frases completas.



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