
– Cómo… -comenzó-. ¿Dónde? ¿Dónde dice usted?
– En una calle secundaria de una zona que se conoce como St Giles -contestó Evan amablemente, moderando un poco la cruda verdad. Deseaba con toda su alma que no tuviera que enterarse de todos los detalles.
– ¿St Giles? -Parecía no significar nada para ella. Evan examinó su rostro, los pómulos altos y suaves, la curvatura de la frente. Le pareció ver que se endurecía, aunque bien pudo ser un cambio producido por la luz al volverse hacia él.
– Queda a poca distancia de Regent Street, yendo hacia Aldgate.
– ¿Aldgate? -dijo frunciendo el ceño.
– ¿Dónde le dijo que iba, señora Duff? -preguntó Evan.
– No me lo dijo.
– Quizá pueda contarme lo que recuerde de ayer.
Negó muy lentamente con la cabeza.
– No… No, eso puede esperar. Antes debo reunirme con mi hijo. Debo… Debo estar junto a él. ¿Dice usted que está muy malherido?
– Eso me temo. Pero no podría estar en mejores manos. -Se inclinó un poco hacia ella-. Ahora mismo no puede hacerse nada más por él -dijo muy serio-. Lo que más le conviene es descansar. La mayor parte del tiempo no está del todo consciente. Sin duda el doctor le administrará tisanas y sedantes para aliviarle el dolor y ayudarle a sanar.
– ¿Acaso pretende proteger mis sentimientos, sargento? Le aseguro que no es necesario. Mi deber es estar donde resulte más útil, y además es lo único que me dará algún consuelo. -Lo miró de hito en hito. Tenía unos ojos asombrosos, tan oscuros que casi ocultaban sus emociones, otorgándole una peculiar reserva. Evan pensó que los grandes aristócratas españoles debían tener un aspecto parecido: orgullosos, reservados, celosos de su vulnerabilidad.
