
– No, señora Duff -contestó Evan-. Lo único que pretendo es que me explique cuanto pueda de lo que ocurrió ayer mientras aún lo tenga fresco en su memoria, antes de que se dedique de pleno a su hijo. Por ahora, lo que él necesita es la ayuda del doctor Riley. Y yo necesito la suya.
– Es usted muy directo, sargento.
No supo si debía tomarlo como una crítica o como una simple observación. Su voz carecía de expresión. Estaba demasiado trastornada por los hechos que acababa de referirle Evan. Se mantenía muy erguida, la espalda tiesa, los hombros rígidos, las manos inmóviles sobre el regazo. Evan imaginó que al tocarlas las encontraría fuertemente apretadas.
– Perdone, pero no es momento de andarse con remilgos. Esto es de suma importancia. ¿Su marido y su hijo salieron juntos de casa?
– No. No… Rhys se marchó antes. No le vi salir.
– ¿Y su marido?
– Sí… sí, a él sí le vi salir, por supuesto.
– ¿Le dijo dónde iba?
– No…, no. Solía ausentarse por las noches… Iba a su club. Es algo muy corriente entre los caballeros. Los negocios, igual que el ocio, dependen de las relaciones sociales. No dijo nada… en particular.
No sabía a ciencia cierta por qué, pero no acababa de convencerle. ¿Cabía la posibilidad de que ella supiera que su marido frecuentaba ciertos lugares dudosos e incluso, quizás, que tenía trato con prostitutas? Eran legión los que aceptaban de manera tácita ese tipo de cosas, aunque se habrían quedado pasmados si alguien osara tener el mal gusto y la falta de tacto de mencionarlo. Todo el mundo conocía las necesidades físicas. Nadie aludía a ellas jamás; era al mismo tiempo poco delicado e innecesario.
– ¿Cómo iba vestido, señora?
Levantó sus arqueadas cejas.
– ¿Vestido? Supongo que como ustedes le encontraron, sargento. ¿A qué viene esto?
