– ¿Su marido llevaba reloj, señora Duff?

– ¿Reloj? Sí. Ah, ya entiendo. Le… robaron. Sí, tenía un reloj de oro muy bueno. ¿No lo llevaba puesto?

– No. ¿Tenía la costumbre de llevar mucho dinero encima?

– No lo sé. Puedo preguntárselo a Bridlaw, su ayuda de cámara. Seguramente nos lo sabrá decir. ¿Es importante?

– Podría serlo. -Evan estaba desconcertado-. ¿Recuerda si llevaba puesto el reloj de oro cuando salió? -Se le antojaba raro e incluso perverso ir a un sitio como St Giles, fuera cual fuese la razón, exhibiendo un artículo tan caro como un reloj de oro, tan llamativo además. Era casi una invitación al robo. ¿Tal vez se perdió? ¿Fue arrastrado hasta allí contra su voluntad?-. ¿Le comentó si tenía previsto encontrarse con alguien?

– No. -Contestó con bastante aplomo.

– ¿Y el reloj? -insistió Evan.

– Sí. Me parece que lo llevaba puesto. -Miró a Evan atentamente-. Casi siempre lo llevaba. Le gustaba mucho. Creo que me habría llamado la atención no vérselo puesto. Ahora recuerdo que llevaba un traje marrón. No el mejor, ni mucho menos, de hecho era bastante sencillo. Se lo hizo confeccionar para las ocasiones más informales, fines de semana y cosas así.

– Sin embargo, era miércoles -le recordó Evan.

– En ese caso, tendría planeada una velada informal -respondió de modo terminante-. ¿Por qué lo pregunta, sargento? ¿Qué importancia tiene eso ahora? ¡No le… asesinaron… por lo que llevaba puesto!

– Trataba de deducir adonde tenía intención de ir, señora Duff. St Giles no es precisamente el sitio donde uno espera encontrar a caballeros con los medios y la posición social del señor Duff. Cuando sepa por qué estaba allí, o con quién, estaré mucho más cerca de averiguar lo que le ocurrió.

– Comprendo. Supongo que he sido una tonta al no darme cuenta. -Apartó la vista. La estancia era muy acogedora, de bellas proporciones. No había más ruido que el crepitar de las llamas en la chimenea y el leve tictac del reloj en la repisa. Todo transmitía gracia y serenidad, no podía ser más opuesto al callejón donde había fallecido su dueño. Lo más probable era que su viuda no sólo no conociera St Giles sino que ni alcanzara a imaginárselo.



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