
– ¿Qué pasa? -preguntó Shotts, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos.
Evan puso la mano delante de la nariz y los labios del joven. No notó nada, ni el más leve signo de aliento.
Shotts se agachó y acercó más la linterna.
Evan sacó su reloj de bolsillo, limpió el cristal con el interior de la manga y lo sostuvo frente a los labios del joven.
– ¿Qué pasa? -repitió Shotts, en voz alta y estridente.
– ¡Creo que está vivo! -susurró Evan. Acercó el reloj a la luz para examinarlo. Había una diminuta mancha de vaho-. ¡Está vivo! -exclamó alborozado-. ¡Mire!
Shotts era muy realista. Evan le caía bien y, sabiendo que era hijo de un párroco, tenía con él ciertas concesiones.
– Quizá murió después que el otro -dijo amablemente-. Es horrible lo malherido que está.
– ¡Aún está caliente! ¡Y todavía respira! -insistió Evan, inclinándose más-. ¿Ha avisado a un médico? ¡Consiga una ambulancia!
Shotts negó con la cabeza.
– No puede salvarlo, señor Evan. Ya está muy lejos. Lo mejor que podemos hacer por él es dejar que muera del todo sin que sepa lo que le pasa. De todas formas no creo que pueda decirnos quién le atacó.
Evan no levantó la vista.
– No estaba pensando en lo que pudiera decirnos -repuso, y era cierto-. Si está vivo tenemos que hacer cuanto podamos. No hay nada que decidir. Ocúpese de que alguien traiga un médico y una ambulancia. ¡Venga!
Shotts titubeó, mirando a ambos lados del callejón desierto.
– No me va a pasar nada -dijo Evan bruscamente, aunque no estaba muy seguro. No le apetecía quedarse a solas en aquel lugar. Se sentía como un pez fuera del agua. A diferencia de Shotts, él no pertenecía a aquel mundo. Era consciente de su miedo y se preguntó si se le notaría en la voz.
Shotts obedeció a regañadientes, dejándole el ojo de buey. Evan vio desaparecer su fornida silueta al doblar la esquina y sintió un instante de pánico. No tenía nada con qué defenderse si el asesino, quienquiera que fuese, regresaba.
