
– ¿Su marido salió poco después que su hijo, señora Duff? -Se inclinó un poco hacia ella al hablar, como para atraer su atención.
Ella se volvió muy despacio.
– Me figuro que también querrá saber cómo iba vestido mi hijo.
– Sí, por favor.
– Pues no lo recuerdo. Llevaba algo muy corriente, gris o azul marino, creo. No… Abrigo negro y pantalón gris.
Era lo que llevaba puesto cuando le encontraron. Evan no dijo nada.
– Dijo que salía a divertirse un rato -prosiguió ella, con la voz quebrada por la emoción-. Estaba… enfadado.
– ¿Con quién? -Trató de reproducir la escena. Probablemente Rhys Duff no contaba más de dieciocho o diecinueve años y aún era inmaduro, rebelde.
Ella levantó un poquito un hombro. Era un gesto de negación, como si aquella pregunta no tuviese respuesta.
– ¿Hubo alguna discusión, señora, una diferencia de opinión con su marido?
Permaneció callada tanto rato que Evan temió que no fuera a responder. Desde luego era un trago amargo y doloroso. Se trataba de la última vez que habían estado juntos. Ahora ya no tendrían ocasión de reconciliarse. El hecho de que no se apresurara a negarlo de inmediato fue respuesta suficiente.
– Fue algo trivial -dijo al fin-. Ahora ya no importa. A mi marido no acababan de gustarle algunas de las compañías predilectas de Rhys. Oh… No era que fueran a hacerle daño, sargento. Me refiero a compañía femenina. Mi marido deseaba que Rhys conociera a jóvenes damas de buena familia. Estaba dispuesto a ofrecerle una posición si decidía casarse; suerte con la que no todos los chicos pueden contar.
– Desde luego que no -convino Evan de manera sentida.
