
Aunque, ¿por qué iba a hacerlo? Era una idea absurda. Lo sabía muy bien. Llevaba en la policía el tiempo suficiente como para saberlo; de hecho, eran ya más de cinco años, desde 1855, a mediados de la guerra de Crimea. Recordó su primer caso de asesinato. Fue entonces cuando conoció a William Monk, el mejor policía del que tenía noticia, pues era el más implacable, el más valiente, el más instintivamente inteligente. Evan era el único que se había dado cuenta de que también podía llegar a ser muy vulnerable. Había perdido la memoria por completo en un accidente con un carruaje pero, obviamente, no se atrevía a decírselo a nadie. No sabía quién era, cuáles eran sus habilidades o sus limitaciones, quiénes eran sus enemigos o sus amigos. Vivía bajo una permanente amenaza, descifrando una pista tras otra, llegando a saber poco o nada, sólo fragmentos.
Ahora bien, Monk no habría tenido miedo de estar solo en aquel callejón. Hasta los pobres, los muertos de hambre y los violentos de aquel barrio miserable se lo habrían pensado dos veces antes de atacarle. Su rostro, de mentón prominente, nariz aguileña y ancha y ojos brillantes, transmitía una sólida sensación de peligro. Los rasgos más blandos de Evan, todo humor e imaginación, no asustaban a nadie.
Se volvió al oír un ruido en el extremo del callejón que daba a la calle, pero sólo era una rata correteando por el arroyo. Alguien cambió de postura en un umbral, aunque él no vio nada. El sonido apagado de un carruaje que pasaba a unos cincuenta metros de allí parecía llegar desde otro mundo, desde un lugar con vida y espacios abiertos, donde la creciente luz diurna aportaría algo de color.
Temblaba de frío. Pero tenía que quitarse el abrigo y cubrir con él al chico que seguía con vida. En realidad, ya tendría que haberlo hecho. Se lo sacó enseguida y cubrió con cuidado al muchacho, arropándolo mientras sentía cómo el frío penetraba hasta sus huesos.
