
– Todavía no -contestó Evan, sabiendo que tal vez no llegara a averiguarlo nunca.
Riley cerró la puerta, dio un golpe en la chapa para avisar al conductor, y la ambulancia arrancó y desapareció.
El furgón del depósito de cadáveres ocupó su lugar y se llevó el otro cuerpo, dejando a Evan y a Shotts solos en el callejón.
– Con esta luz ya se ve lo suficiente -dijo Evan inexorablemente-. Supongo que encontraremos algo. Luego ya buscaremos testigos. ¿Qué ha sido de la mujer que dio la voz de alarma?
– Daisy Mott. Sé donde encontrarla. De día en la fábrica de cerillas, de noche en esos pisos de ahí, en el número dieciséis -señaló con el brazo izquierdo-. No creo que pueda decirnos gran cosa. Si los que han hecho esto la hubieran visto también la habrían matado, no tenga la menor duda.
– Sí, ya me lo figuro -convino Evan de mala gana cv-. Puesto que gritó, como mínimo la habrían hecho callar. ¿Qué me dice del viejo Briggs, el que fue en busca de usted?
– No sabe nada. Ya le he interrogado.
Evan comenzó a ampliar el radio de búsqueda, alejándose de donde habían encontrado los cuerpos, caminando muy despacio con los ojos clavados en el suelo. No sabía lo que andaba buscando, algo que alguien hubiese perdido, una huella, más manchas de sangre. ¡Tenía que haber más sangre!
– No ha llovido -sentenció Shotts-. Esos dos han luchado como fieras por su vida. Tiene que haber más sangre. No es que yo sepa lo que nos pueda decir si la encontramos, salvo que hay otro herido y eso ya lo deduzco sólito.
– Aquí hay sangre -anunció Evan, tras ver una mancha oscura en los adoquines próximos al agua sucia que corría por medio del callejón. Tuvo que tocarla con el dedo para cerciorarse de que era roja y no marrón como los excrementos-. Y aquí también. Sin duda parte de la pelea tuvo lugar aquí.
