
– Por aquí hay más -dijo Shotts-. Me gustaría saber cuántos eran.
– Más de dos -contestó Evan en voz baja-. De haberse tratado de una lucha en igualdad de condiciones habríamos encontrado cuatro cuerpos. Quienquiera que fuese conservó la forma física necesaria para irse por sus propios medios… A no ser, por supuesto, que un tercero se lo llevara. Pero no parece probable. No, tengo la impresión de que estamos hablando de dos o tres hombres como mínimo.
– ¿Armados? -Shotts le miró con atención.
– No lo sé. El doctor nos dirá cómo murió la víctima. No he visto ninguna herida de cuchillo, y tampoco de porra o algo por el estilo. Está claro que no le han dado garrote. -Se estremeció al decirlo. St Giles se había hecho tristemente célebre por una repentina oleada de viles asesinatos cometidos con un trozo de alambre enrollado al cuello de la víctima. Cualquier sucio pordiosero de baja estofa se convertía en sospechoso. En una ocasión, dos hombres de semejante calaña sospecharon el uno del otro y el asunto por poco acaba en mutuo asesinato.
– Hay algo raro. -Shotts no se movía de donde estaba, ciñéndose inconscientemente el abrigo para combatir el frío-. Los ladrones que tienen la intención de robar en un sitio como éste suelen llevar un cuchillo o un alambre. No buscan pelea, quieren beneficios y una huida fácil, sin riesgo de salir heridos.
– Exactamente -convino Evan-. Un alambre en el cuello o un cuchillo en el costado. Silencioso. Eficaz. Sin riesgos. Cogen el dinero y se esfuman en la noche. Así pues, ¿qué es lo que ha pasado, Shotts?
– No lo sé, señor. Cuanto más lo pienso menos lo entiendo. Aquí no hay arma ninguna. Si la hubo, se la llevaron consigo. Es más, tampoco veo que haya rastros de sangre, así que si tienen heridas, no serán ni mucho menos tan graves como las de estos pobres tipos que se han llevado el doctor y el furgón del depósito. Ya sé que estaban muertos, o tan cerca de morir que poco importa, lo que quiero decir es que…
