– Cuando era niño -dije mientras rechazaba su ofrecimiento- atrapé una de esas mariposas negras de las que me hablabas.

– ¡Lo sabía! -dijo con una alegre carcajada-. Te gustaban. -Se tocó el pecho una vez más para indicar los puntos azules-. Debe ser cosa del destino, ¿no crees?

– No creo en el destino -contesté bruscamente. Creía estar diciendo la verdad, aunque ahora ya no estoy tan seguro: son muchas las cosas que han pasado del único modo que podrían haberlo hecho.

Sabía que cualquier vida era sagrada para un jainista, incluso la del gusano más miserable. Tanto era así que estuve seguro de que tarde o temprano el viejo me preguntaría si había acabado con la vida de la mariposa. Cuando lo hizo, la venganza brilló en mi pecho como una estrella sombría.

– La aplasté con mis propios dedos -le dije- y nunca lo he lamentado.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

– No malgastes tu dolor en un ser tan insignificante, desprovisto de alma y de sentido -se lo dije como si supiera de qué le hablaba. La reclusión me había convertido en un ser arrogante, hasta un punto mezquino, amargo, y mi voz había adoptado un tono aleccionador que me costaba reconocer como propio.

Los que afirman que la gente no puede cambiar nunca han estado en prisión, no han conocido el camino de la reclusión que sólo puede acabar con la muerte.

El viejo apretó los labios como si se resistiera a sentenciar una verdad terrible, y me di cuenta de algo que debería haber sido obvio: yo era la criatura más insignificante, más desprovista de alma por la que sentía lástima. Me reí por primera vez en muchos años. Ser más miserable que un insecto aplastado me parecía casi un cumplido.

– Si no fuera porque casi he perdido la cabeza, encontraría la manera de matarnos a los dos -le dije.

Levantó la mirada hacia mí, con los ojos negros llenos de dolor. Yo despreciaba su voluntad de sentir tanto apego por alguien sobre el que lo ignoraba todo.



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