– ¿Qué te parecería si te pegara ahora mismo? -le dije mientras me ponía de pie-. ¿Aún te preocuparías por mí?

La idea de castigarlo surgió dentro de mí con la misma fuerza destructiva con la que se derrumba una casa.

– Podría romperte los huesos y nadie vendría a detenerme. Les parecería bien.

Cerré un puño y lo agité frente a él, como confirmación de que era el villano en una obra escrita para mí por algún enemigo secreto: la persona que me había traicionado y causado mi arresto. El jainista levantó las manos para protegerse el rostro, y por su gesto me di cuenta de que ya le habían pegado, además de haberlo quemado. Cuando se las aparté de un golpe, fue como si se hubiera roto una cuerda en mi interior y estuviera cayendo al vacío, alejándome de mí mismo. Seguí pegándole hasta que empezó a sangrar por la boca.

Después de eso, mi temor ante aquello en lo que me había convertido fue algo parecido a cuando alguien se ahoga y se hunde en el agua hasta el fondo. Susurré una disculpa y me retiré a mi catre, donde me abracé las piernas contra el pecho. Cerré los ojos y no dije nada durante horas. Intenté pensar en lo que mi padre querría que hiciera, pero su voz había desaparecido de mi interior.

Al anochecer, me arrodillé junto a mi compañero de celda.

– Mátame -susurré.

– No puedo. Lo tengo prohibido.

– Por favor, ¿no lo entiendes? No podría soportar que me quemasen o que me hicieran tragar agua hasta ahogarme. Si me torturan, podría revelar los nombres de la gente que nos han ayudado a mi padre y a mí. Si muero, mi prometida podrá casarse con otro hombre. -Me agarré a su hombro-. Ahógame por la noche, mientras duerma. Te daré todo lo que tengo por ese acto de generosidad. Te contaré dónde puedes ir cuando te liberen, y mi hermana y mi tío te darán todo lo que poseo.



11 из 399