
Levantó y bajó los brazos imitando un revoloteo, retorcía las manos con elegancia, como un bailarín de Kerala. Me sonrió y volvió a invitarme a hablar.
– Hablar conmigo sólo te traerá más problemas -le dije en konkaní-. Estoy condenado.
– ¡O sea, que eres de aquí! -exclamó satisfecho, como si ya hubiera confianza entre nosotros-. Entonces debes saber de qué mariposas te hablo. ¿Sí? Son del negro más puro, cada una de ellas parece una noche sin luna, excepto por los puntos azules que tienen aquí y allá. -Se tocó los lados del pecho-. En mi aldea dicen que son la forma que adopta el viento del norte.
Aún recuerdo de qué manera tuve que resistirme al tirón de esa voz tan musical que volvía a arrastrarme hacia la vida.
– No te serviré de nada -le dije mientras me apartaba de él, deseando poder ser tan duro e insensible como los muros de la prisión. Sentí su mirada curiosa clavada en mí. ¿Acaso quería que le dijera que no volvería a intentar quitarme la vida? Hundí la cabeza en mi harapiento jergón y cerré los ojos con fuerza, deseando que se me tragara la tierra. Un rato después estuve a punto de confesarle cómo había asesinado a mi padre, pero pensé que ningún hombre podía ofrecerme algo tan valioso como el silencio.
Tuvo que pasar un rato para que me diera cuenta de lo que debía decir primero: «Jamás te hablaré como si tuvieras autoridad sobre mí. Sólo mi padre la tenía y lo maté…».
Poco después nos dieron el desayuno a través de la rendija de la puerta interior de la celda. Mi compañero encorvaba los hombros mientras se metía el arroz en la boca y con su meticulosa lentitud parecía burlarse de mi hambre. Los jainistas sólo podían comer vegetales y cereales, por lo que pensé en un plan para distanciarme de él cuando me tendió su pescado frito, agarrándolo por la cola, y me hizo señas para que lo tomara. Los carceleros debían habérselo dado para reírse de él.
