
Negó con la cabeza y yo le respondí con un empujón.
Esa noche, se arrastró hasta donde yo estaba y se tendió junto a mí. Me tomó la mano y la agarró.
– Perdona que no pueda cumplir tus deseos -susurró-. Lo siento.
Volví a empujarlo, pero se sujetó bien a mí. Era más fuerte de lo que me había parecido. Yo estaba convencido de que su perseverancia confirmaba su demencia. Pero se reveló más bien como una bendición: seríamos iguales durante el tiempo que pasásemos juntos.
Seguimos allí tendidos en silencio. Recordé a mi hermana cuando tenía cuatro años, sus ojos llenos de felicidad. Dentro de la cesta que le mostraba había una mariposa que yo había capturado. No era el tipo de mariposa que el viejo había descrito, sino una de color escarlata y dorado. Revoloteó hasta el borde de la cesta y nos mostró las alas, que brillaban a la luz del sol como cristal teñido. Mi hermana reía mientras yo intentaba oler la mariposa. Cuando alzó el vuelo, ella levantó los brazos y gritó de alegría. Yo me quedé detrás de ella y le puse las manos sobre los hombros, transmitiéndole todo mi amor, como si lo hubiera aprendido de Nupi, nuestra cocinera y ama de llaves. Estaba seguro de que siempre permaneceríamos juntos.
El jainista me acarició la mejilla. Yo sabía que me estaba pidiendo que le contara en qué estaba pensando. O quizá fue la soledad con la que yo había vivido durante el último año la que me hizo creer que ese gesto era una invitación a hablar sobre mi pasado.
– La mariposa que cogí no era del tipo que tú has mencionado -confesé-. Y no la maté. La cogí sólo para mostrársela a mi hermana. Y fue para olería, por extraño que parezca ahora mismo.
El viejo rió levemente. Me volví hacia él. Sentí su aliento húmedo en mi rostro. Me pareció que era el viento divino que me había faltado hasta entonces.
La oscuridad de la celda me impedía ver algo más que formas borrosas fruto de mi imaginación, pero creí que el viejo buscaba algo en mi interior. Noté que me sondeaba como si tuviera una piedra dentro del pecho. Quise abrazarlo, pero sabía que empezaría a sollozar si lo hacía.
