– ¿Y a qué olía? -preguntó.

– Creí que desprendería el mismo aroma que el jazmín, ya que había estado picoteando el polen de la parra de nuestra veranda, y yo era demasiado joven para saber que no tenía nada que ver. Tenía el mismo vago aroma que la tierra.

El viejo se quedó en silencio durante un rato, sopesando mis palabras.

– Intentaré evitarlo -me dijo.

– ¿Evitar qué?

– Incluso los animales más pequeños perciben nuestras vidas -replicó.

Pensé que continuaría hablando, pero no me dio más explicaciones.

– Sigue hablándome -le supliqué-. Di lo que quieras, pero no me dejes sin oír tu voz.

«Nuestros susurros nos protegerán a los dos», pensé.

Acomodó su brazo bajo mi cabeza y empezó a hablar de los sonidos tranquilizadores de la noche que podíamos oír procedentes de la cercana ciudad. Me permití imaginar que estaba con mi padre, lo que se reveló un error: el terror se apoderó de mí y se concentró en mi estómago, frío como una vida que no llegaría a dar a luz. Me senté. ¿Quién había traicionado a papá ante la Inquisición? ¿La tía María? ¿Wadi? Quizás había sido alguien a quien ni siquiera conocía.

– ¿Qué ocurre? -preguntó mi compañero.

– Parece que los recuerdos me traicionan de vez en cuando. Y debo encontrar a alguien. Debo saldar una deuda.

– No te quieren aquí -replicó el viejo.

– ¿Quién?

– Esos recuerdos de los que hablas. Quieren verte libre. ¿No crees?

– Si es así -dije con escepticismo-, dudo que tengan un plan para ayudarme.

Recitó una oración en un idioma que yo desconocía. Luego le dije que la mariposa que había mencionado se llamaba trevas azuis en portugués, que significaba «tinieblas azules». Le gustó cómo sonaba y dijo que a partir de entonces me llamaría Trevas Azuis. Mientras notaba cómo su pecho se alzaba y descendía lentamente al respirar, me di cuenta de nuestra debilidad. No teníamos armas. No había oraciones ni argumentos que pudieran servirnos de algo. Sólo nos teníamos el uno al otro, y eso jamás sería suficiente.



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