
Me contó que sus padres lo habían llamado Ravindra, que significaba «sol», pero que todo el mundo lo llamaba Phanishwar, «rey de las serpientes», desde que dejó de ser un bebé. Su padre lo había encontrado durmiendo en el patio una noche, una cobra en estado de alerta lo protegía.
– No recuerdo qué serpiente era -dijo el viejo-. Pero es cierto que nunca me han dado el miedo que los otros hombres sienten por ellas.
Sus padres lo enviaron como aprendiz a un encantador de serpientes de Poona cuando tenía diez años; tenía cincuenta y siete cuando me lo contaba.
– Hasta que yo mismo tuve hijos jamás se me había ocurrido que mi padre podría haber inventado toda esa historia de la cobra para hacer que yo cumpliera los planes que tenía para mí -me dijo-. Habría sido muy propio de él. ¡Dios mío! ¡Se preocupaba tanto de nosotros cuando éramos pequeños! ¿Sabes?, quería asegurarse de que todos nosotros tendríamos una manera de ganarnos la vida honradamente. Era tan bueno… Siempre estaba ayunando e iba mucho al templo. No soportaba ver cómo los hindúes y musulmanes mataban serpientes como si no hubiera suficiente sitio en el mundo. «Phanishwar, tú les mostrarás que hay otra forma de actuar», solía decirme.
– ¿Aún vive tu padre? -pregunté.
– No, mi padre y mi madre murieron hace mucho tiempo.
– Esas quemaduras… deben dolerte mucho.
– No te preocupes, Trevas Azuis. He sufrido mucho dolor físico en mi vida. El dolor y yo somos viejos enemigos, conocemos bien los movimientos del otro. Intentamos burlarnos mutuamente, aunque al final suele ganar él. Le guardo rencor, es cierto, no lo negaré, pero también supongo que se limita a cumplir con la parte que le toca y no tiene otra elección.
