
Me levanté, volví a mojar mi camisa y me arrodillé junto a él. El viejo gimió mientras le lavaba los pies. Lloraba en silencio. Agradeció mi amabilidad. Yo no recordaba que la voz de un hombre pudiera ser tan tierna.
Cuando hube acabado, me dio unas palmaditas en la cabeza y me bendijo. Ese primer día me pareció que Phanishwar representaba todo lo que tenían de bueno los aldeanos con los que crecí: sus modales delicados y su facilidad para sonreír; la manera que tenían de aceptar las circunstancias y una cierta creencia de que la vida era una gran lucha en la que el mundo entero estaba conectado; el placer que le producía el nosotros por encima del simple yo.
– Cuéntame tu vida -le dije. Quería oír una historia, entregarme al sueño convocado por sus palabras susurradas en la oscuridad.
Me habló de su esposa, que había muerto muchos años atrás, y de sus cinco hijos. El menor tenía doce años y se llamaba Rama. Su aldea, Bharat, estaba en la costa, a tres días a pie de Goa en dirección norte. No me contó cómo lo había atrapado la Inquisición y yo tampoco se lo pregunté. Al cabo de un rato, empezó a cantar una melodía suave, radiante, y supe que no llegaría a suicidarme con la misma certeza con que sabía que confesaría cualquier cosa que me pidieran para escapar de las llamas. Debía seguir con vida para encontrar a la persona que nos había traicionado a mi padre y a mí, y para vengarme de ella.
Phanishwar no me abandonó en toda la noche, yo sentía el latido de su generosidad. Nunca jamás me había sentido tan próximo a ningún hombre que no fuera mi padre. Nuestra unión parecía un sueño, a veces. Creo que ésa es la razón por la que, cuando el amanecer apareció en nuestra ventana con sus tonos rosáceos y azulados, encontré el valor para hablar de acontecimientos que hasta entonces había creído inconfesables.
Teniéndolo a él junto a mí -al rey de las serpientes- sabía que no sólo mis recuerdos sino toda la naturaleza deseaba liberarnos. Confié que juntos tendríamos la fuerza necesaria.
