– Pero era bonito -le dije-. Y lo hiciste para que pudiéramos guardarlo.

Las confesiones deben seguir un proceso, las unas se suceden a las otras, así que añadí:

– De vez en cuando abro el cajón de tu mesa para sacar tus dibujos de mamá.

Mi padre soltó una carcajada de sorpresa y luego cerró el ojo derecho como solía hacer cada vez que yo hacía alguna travesura, para hacerme creer que estaba disgustado por lo que había hecho. Me dejó en el suelo.

– Escúchame bien, Ti. No hay nada malo en mantener algunas cosas en secreto. Debes tener tu propia vida. Pero quiero que me prometas una cosa: que cuando vuelvas a tener ganas de romper otro dibujo, o de causar otro daño irreparable, vendrás a contármelo primero para que podamos hablarlo.

Le di mi palabra, y volví a temblar con un renovado sentimiento de culpa. Se dio cuenta de mi malestar y añadió:

– Mira, hijo, la muerte de tu madre me enoja tanto como a ti. Hay veces en las que desearía poder romper en pedazos hasta el último recuerdo que guardo de ella.


A medida que me hice mayor, me fui dando cuenta de que había heredado los labios curvos de mi madre y la suave profundidad de sus ojos, aunque los míos eran azules y los suyos de un castaño claro, el color de las almendras, como solía decir mi padre.

– Si algo has heredado de tu madre es su carácter travieso -solía decirme mi padre con un gruñido, fingiendo que eso le causaba un gran quebradero de cabeza. Después me perseguía por toda la casa bramando, intentando desterrar nuestra tristeza con sus payasadas, lo que con el tiempo fue su manera de evitar que la ausencia de mi madre nos destruyera.



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