A veces bailaba de forma improvisada conmigo o aullaba como los muntíacos que siempre se nos comían las rosas del jardín. Al final nos dejábamos caer juntos sobre los cojines de seda dorada que procedían de la dote de mamá y dormitábamos bajo el sol que entraba por las ventanas. Nuestra inevitable risa probablemente nos mantenía cuerdos y, aun así, quizá debería haberle dicho que no podía evitar sentirme triste al final, como si hubiéramos traicionado nuestros verdaderos sentimientos. Pero nunca supe traducir todo eso en palabras a tan temprana edad. Y nunca habría querido herirlo a propósito.

En mi dibujo favorito, que papá colgó encima de mi cama, el pelo largo y negro de mamá quedaba recogido bajo un pañuelo opalino que mi hermana, Sofía, heredaría más tarde. Las manos de mi madre eran finas y elegantes, y formaban un gesto dirigido al arcángel san Gabriel, como si estuviera bailando para él. Las alas de san Gabriel eran de color borgoña y amarillo, los mismos colores del sari de mi madre. A mí siempre me había parecido que mi madre y el arcángel en realidad eran el mismo ser con diferentes formas.

A veces, sin que Sofía se enterase, le cogía el pañuelo de mi madre. Lo sostenía en la mano mientras miraba el retrato y reflexionaba sobre el misterio del tiempo, por qué yo seguía creciendo y mamá nunca llegaría a verlo.

El dibujo de mi madre con el arcángel san Gabriel era un boceto para un Corán que mi padre había hecho para el sultán de Bijapur. El sultán había invitado a papá a la India una década antes de que yo naciera y le pagaba un estipendio anual por dibujar miniaturas para el Corán y sus libros de oraciones. Mi madre, a quien mi padre conoció y cortejó siete años después de su llegada, le sirvió de modelo para Khadija, la esposa del profeta Mahoma. Nunca la vi posar para papá, pero en mis sueños he visto a mi padre dibujándola del natural. Y aunque ni siquiera se tocaban, parecía como si estuvieran haciendo el amor con los ojos. Incluso parecía que me estuvieran concibiendo.



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