Después de conocer a Tejal, cuando cumplí dieciocho años, en nuestros momentos de intimidad, solía recordar la fragancia cálida y protectora de mamá. Lo más extraño es que, cuando suspiraba al recordarla, era como si ella fuera un presentimiento de algo que formaba parte de mi futuro en lugar de mi pasado lejano. Quizás el amor no puede evitar mirar hacia delante.


Mamá enfermó y tuvo fiebres con convulsiones y escalofríos a principios de junio de 1576, cuando yo tenía cuatro años y medio. Me asustaba el castañeteo de sus dientes y la manera en que se quedaba dormida, con los ojos abiertos de par en par. Incluso durante el bochornoso verano, papá tenía que taparla con gruesas mantas de lana y poner su cama cerca del hogar, que mantenía encendido día y noche. Su respiración se tornaba a menudo jadeante, como si le faltara el aire, y la mayoría de las veces estaba demasiado débil incluso para susurrar.

Papá le puso un talismán de vitela alrededor del cuello con los ángeles judíos Sanoi, Sansanoi y Samnaglof, representados como sabios de largos ropajes, con báculos decorados con cabezas de león. Se decía que los tres ángeles eran capaces de proteger a las mujeres de Lilit, la reina de los demonios, y de todos sus sanguinarios secuaces.

Cuando veía a mamá desde los pies de la cama, cuando oía las implacables lluvias del monzón, me sentía como si nos estuvieran exterminando. La cortina de agua que caía frente a nuestra ventana era tan densa que no podíamos ver nada a través de ella. El mundo entero era agua, y el tamborileo constante sobre nuestro tejado era tan intenso que algunas veces durante la noche gritaba como un loro y mi propia voz me parecía un chirrido distante. El monzón se convirtió en algo vivo ese verano: malévolo, dañino, interminablemente ávido. De vez en cuando, a su antojo, cesaba durante medio día, se retiraba lentamente y volvía una y otra vez para regodearse, rompiendo aquel inquietante silencio, en el daño que ya había causado. Durante esas treguas veíamos que nuestro jardín se había convertido en un estanque adornado por hierbas y helechos. La magia repentina del renacimiento de la luz del sol convertía las hojas empapadas en cristal.



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