
Pasé unos días junto al lecho de mamá, jugando en el suelo con mis marionetas de sombras y mis animales de juguete. Sólo abandonaba la casa para sentarme en la veranda cuando papá insistía en que debíamos aprovechar las pausas de la tormenta. Si Nupi intentaba alejarme de allí, aunque fuera para lavarme la cara, yo sacudía los brazos y gritaba. Ella no me llamaba con insistencia por mi propio bien, pero su mirada me revelaba que respetaba mi determinación. Trasladamos la cama de mis padres al salón para que papá y yo pudiéramos dormir cerca de mi madre. Él se acurrucaba detrás de mí y me frotaba el pelo para inducirme el sueño.
Mamá era capaz de sentarse de vez en cuando, especialmente por las mañanas. Papá le daba cucharaditas de té y la convencía para que comiera algo de arroz. Tenía los labios grises y agrietados, y cuando intentaba sonreír le sangraban. Años después, mi padre me mostró un dibujo que había hecho durante la enfermedad de mamá, yo le dije que no se le parecía. Pero sí que se le parecía. Simplemente no quería creer que esa mujer con los ojos hundidos y la cara cenicienta era realmente ella.
Una tarde estaba sentado con mamá a finales de ese terrible junio, dibujando caras de monos en un papel. Nupi le había hecho beber un té con hojas de jazmín y raíz de jengibre para ayudarla a dormir y, aunque había funcionado, aún respiraba con dificultad. Era como si sus pulmones estuvieran oxidados.
Cuando me di cuenta de que su resuello había remitido, me levanté. Le toqué el pecho, pero no se movía, y sus ojos vidriosos no miraban hacia nuestro mundo. La habitación daba vueltas a mi alrededor, como si estuviera sobre el eje de una rueda. A lo lejos, oí a mi padre, que hablaba con Kiran -el ama de crianza- mientras ésta alimentaba a mi hermana, que había nacido siete meses antes, en diciembre de 1575.
