Nupi estaba rayando coco en la cocina. Desde ese día ese rascado insistente siempre me recuerda a la muerte.

Sacudí a mi madre y la llamé con delicadeza para despertarla. Luego salí corriendo a buscar a papá.

No pudo hacer nada para despertarla. La besó en los labios, le cerró los ojos y se arrodilló a su lado con la cabeza gacha. La lluvia caía con fuerza sobre la casa mientras mi padre sollozaba, y yo pensaba que éramos mucho más frágiles de lo que había podido imaginar, sobre todo mi padre. ¿Acaso vi en la curva fatal de su espalda que la muerte de mi madre lo destrozaría? Si ella no hubiera muerto, ¿me habría pedido el veneno muchos años después?

Nupi me agarraba cada vez que intentaba acercarme, yo tenía sus huesudas rodillas contra mi espalda y sus manos sobre mis hombros. Me cogía fuerte para evitar que me lanzara a los brazos de mi padre. Recuerdo el sentimiento de que una sombra -quizá la mía, aunque no estoy seguro- se alejaba de nosotros de puntillas para no volver jamás.

Después de besar las manos de mamá, papá finalmente me llamó. Me puso las yemas de los dedos de mamá sobre los ojos, luego se las llevó a sus propios ojos, mientras susurraba un Kaddish.

A veces aún siento el peso de los dedos de mi madre sobre los párpados. Suele ser un recuerdo agradable, pero a veces también me da miedo, como si significara que los muertos siempre tendrán demasiado poder sobre mí.


Cuando papá se fue con Nupi a buscar a mi hermana, que estaba con Kiran, me subí a la cama de mi madre, le cogí un brazo inerte y rodeé con él mi cintura, con la esperanza de despertarla. Al cabo de un rato, un temblor me estremeció y dejé de oír el estruendo de la lluvia pese a que los postigos estaban entreabiertos y todo cuanto podía verse era un verdadero diluvio. El silencio era de expectación, como si mi cabeza estuviera metida en una jarra de cristal a punto de estallar. La luz se volvió más tenue a mi alrededor.



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