– No te preocupes, Berequías -susurró mi madre de repente, utilizando el nombre de mi padre-. Ti y Sofía se tienen el uno al otro.

Cuando volví la cabeza de golpe para mirarla, vi que sus labios articulaban las dos últimas palabras. ¿O me había quedado dormido un instante y tan sólo lo había soñado? Aún tenía los ojos cerrados.

Me incliné hacia su cara y toqué su fría mejilla. No estaba asustado. Esperaba que abriera los ojos en cualquier momento.

– Mamá -susurré-, soy yo. Despierta.

Mi padre volvió a entrar en la habitación con mi hermana en brazos y yo fui corriendo hacia él para contarle lo que había sucedido.

– Es imposible -dijo con desdén.

La vergüenza se apoderó de mí y me marché a toda prisa sin que ni siquiera Nupi consiguiera detenerme en el portal. Papá salió al jardín llamándome, con la voz crispada por la desesperación, pero yo no volví. Me buscó por los arbustos húmedos de hortensias y de hibisco, con la ropa empapada, el rostro deformado por el miedo. Yo lo observaba desde el margen de un arrozal, temblando, con los pies desnudos hundidos en el lodo y el agua hasta las rodillas. Me dije a mí mismo que lo odiaba.

Esa noche se disculpó por no haberme creído y me rogó que no volviera a escaparme jamás.

– Si te perdiera a ti o a tu hermana ahora, no podría continuar -confesó.

Antes de que se cubriera la cara con la mano pude ver por un instante su mirada perdida, por lo que me acerqué a él y me abracé a sus piernas.

Mi padre era alto y fuerte, y tenía unas manos grandes y elegantes. Cuando me tuvo en sus brazos, lo cogí por las orejas. Era un juego habitual entre nosotros, a él le tocaba barritar como un elefante con su trompa imaginaria. Ese día, no obstante, me sentó en su regazo sin emitir ningún sonido. Me dijo que los judíos como nosotros y los hindúes como Nupi y Kiran creían que el alma de un muerto podía volver a cruzar un puente hacia la vida durante un breve período de tiempo si había quedado algo por decir o por hacer. Eso es lo que le había visto hacer a mamá.



22 из 399