– ¿Comprendes? -preguntó.

Yo le dije que sí, pero el olor oscuro y mohoso de su angustia me hizo sentirme amenazado, lo único que me importaba era estar entre sus brazos. Apretó sus labios contra mi frente y volvió a preguntarme lo que había dicho mamá. Después de contárselo, se levantó y pensó en lo que yo le había dicho.

– Cuando salíamos a pasear, ella siempre tenía que volver a toda prisa porque había olvidado algo -me dijo-. Esta vez, ha tenido que volver para tranquilizarnos -me sonrió con gratitud-. Suerte que estabas con ella para oír lo que quiso decirnos, Ti. Eso debe haberla reconfortado.

¿Por qué los niños que han perdido a uno de sus padres siempre deben responsabilizarse del que queda vivo? No le dije a papá lo que estaba pensando: que se equivocaba y que lo que mi madre había querido decir era que en adelante sería yo quien tendría que encargarme de mi hermana menor. Es algo que habría querido decirme incluso en sueños.

3

Sofía tenía los ojos hundidos, húmedos y de color verde oscuro, como sombras sobre un lago profundo, y desde el mismo momento en el que nació, empezó a mirar lo que la rodeaba como si todo la sorprendiera. Nupi dijo que, más que mirar asombrada, lo que hacía era vigilar en secreto y, cuatro días después, cuando ya resultaba seguro que mi hermana pudiera salir de casa de acuerdo con la tradición judía, la anciana cocinera se la llevó a ver a Jaidev, el santón que limpiaba la cera de las orejas con un alambre fino, para descubrir quién había sido mi hermana en una vida anterior.

Yo adoraba a Jaidev porque tenía las mejillas enjutas y los mechones de pelo negro le llegaban hasta la cintura. Solía sentarse como un Buda cuando íbamos a verlo, con las manos tostadas por el sol sobre sus huesudas rodillas. Siempre estaba cubierto por una especie de polvo blanco porque solía revolcarse por la tierra seca, como los elefantes hacen para limpiarse.



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