Por la noche su respiración era como la arena cuando se escurre entre las manos. No conseguí dormir bien. El tiempo corría jadeando junto a mí en mis pesadillas, y se convirtió en un cíclope con costras de sangre en los labios: como mi padre la última vez que lo vi. Le arrancó las alas a un loro y me puso el cuerpo destrozado del ave en las manos. Yo lo llevé con cuidado, como si se tratara del cadáver de mi propio hijo. Imaginaba a Tejal trabajando, imaginaba que me llamaba para que acudiera. ¿Estaría vivo aún nuestro hijo?

Siempre que me despertaba, los mosquitos zumbaban como locos junto a mis orejas. Me susurraban que todos mis esfuerzos para ayudar al jainista serían en vano.


De madrugada, mi compañero me saludó moviendo alegremente la mano. Sentado en el suelo, tenía las mejillas hundidas, las costillas marcadas y la piel del pecho y de la barriga arrugada como un pergamino antiguo. Primero observó mis muñecas vendadas, luego me miró a los ojos y me sonrió levemente antes de utilizar mi lengua materna para invitarme a hablar. Me volví de espaldas.

– No deberías ansiar tanto las alas de tu próxima vida -me dijo en konkaní.

Ese consejo me molestó. Y desconfié de su voz, brillante y vivaz. Parecía como si sus pensamientos saltaran a través de él. Quizás era el dolor.

No contesté. Tenía la esperanza de que deduciría que no hablaba su idioma y me dejaría en paz. En lugar de eso, levantó un dedo y me señaló los ojos. Mi mente debía haberse debilitado mucho durante mi confinamiento, porque el corazón me dio un vuelco cuando pensé que podría estar a punto de echarme un maleficio. Retrocedí hasta dar con la pared.

– No debes tener miedo de mí -dijo lentamente, creyendo que era extranjero-. Simplemente me parece haber visto antes tus ojos azules. -Al ver que no contestaba, añadió-: En las mariposas que acudían a mi aldea cada primavera.



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