William sofocó su cólera. Necesitaría cada ventaja posible cuando se lanzara su invasión, y la fuerza de lucha de Dumont era realmente formidable. "Esperaré dos días y no más. No pienso jugar juegos contigo."

"No juego juegos. Dejo esto a los señores y a las damas ilustres de la corte."

"Ah, uno cosa más," dijo William. "Si decides aceptar mi oferta, debes dejar al Sarraceno aquí en Francia."

La expresión de Gage no se cambió. "¿Habla de Malik Kalar?"

"Si ese es su nombre. El Sarraceno que quien viaja contigo. Espero conseguir la aprobación del Papa para esta invasión y no le ofenderé con un Sarraceno en mis filas."

"Si escojo unirme a ti, Malik me acompañará seguramente. Resígnate a ese hecho." Se volvió sobre sus talones y abandonó la cámara.

Obstinado, arrogante hijo de puta. El resto del mundo podría preguntarse, pero William no tenía dudas sobre que el hombre que acababa de marcharse era el hijo del diablo vikingo. Cuando había convocado a Dumont había esperado ser capaz de manipularle y controlarle, pero ahora no estaba seguro de quien había salido triunfante de esa entrevista.

"¡Matilda!"

Su esposa abrió la puerta de la antecámara, donde William la había colocado con la puerta ligeramente entornada. Valoraba más su juicio que a algunos de sus nobles y a menudo ella escuchaba y observaba sus reuniones. "¿Bien?"

"Un hombre interesante." Ella avanzó -diminuta, robusta, indomable. "Y cada pedazo tan atractivo como me había contado la Lady Genevieve. " Ella rió astutamente. "Dice que él es tan vigoroso en la cama como un semental y sabe muchas maneras exóticas de agradar a una señora. Ahora puedo creer que decía la verdad. Realmente parece tener un cierto… poder."

¿Atractivo? El hombre era tan grande como una montaña, altísimo, y ningún atractivo que él pudiera ver. Matilda estaría intentando provocar sus celos otra vez. Ella sabía que era una tarea fácil y constantemente le agitaba para mantener su fuerte interés. Admirablemente tuvo éxito; incluso después de tantos años de matrimonio su unión era tan ardiente como el día el que ellos se casaron. "Merde, no te pedí evaluar su virilidad, sino su carácter."



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