
– Siéntate -le ofreció él señalándole una silla.
– No sé cómo te llamas -advirtió ella mientras él hacía té.
– Luca Montese.
– Yo soy Rebecca Solway, Becky.
Él le miró la manita elegante que le ofrecía y por primera vez pareció dudar. Entonces le dio la mano, áspera y fuerte, marcada por el trabajo duro. Todo su aspecto era rudo. Era alto, de un metro ochenta y el pelo moreno necesitaba un corte. Llevaba vaqueros negros y una camiseta negra sin mangas. A ella le recordó a Hércules. La furia de su rostro había desaparecido y en aquel momento la miraba de forma amable, aunque sin sonreír.
– Rebecca -repitió.
– No, Becky para los amigos. Tú eres mi amigo, ¿no? Debes serlo, después de haberme salvado.
Durante toda su corta vida, el encanto y belleza de Becky le habían hecho ganarse a la gente, pero sintió la duda del joven.
– Sí -dijo al fin-. Soy tu amigo.
– Entonces, ¿me llamarás Becky?
– Becky.
– ¿Vives aquí solo o con tu familia?
– No tengo familia. Esta era la casa de mis padres y ahora es mía -recalcó, con tono firme.
– Oye, que no lo pongo en duda. Si es tuya es tuya.
– Ojalá tu padre pensara lo mismo. ¿Dónde está?
– En España. Vuelve la semana que viene.
– Hasta entonces creo que será mejor que no cabalgues sola.
– ¿Perdona? -le preguntó ella, que había estado pensando lo mismo, pero le había molestado el tono.
– No hace falta que te perdone.
– No quería decir eso -se explicó ella, dándose cuenta de que su inglés no era tan bueno-. Es una expresión que significa «¿Quién diablos te crees que eres para darme órdenes?».
– ¿Y por qué no lo dices directamente?
– Porque… -empezó, pero le resultaba demasiado largo explicarlo, así que cambió al iscina-. No me des órdenes. Cabalgaré cuando quiera.
– Y ¿qué pasará la próxima vez, cuando quizá yo no esté para ayudarte?
