
La había dicho ella, y entonces lo había tumbado en la cama y lo había amado hasta que le dio vueltas la cabeza. Entonces la había amado él, y le había entregado todo cuanto tenía, cuerpo y alma, un error que no había vuelto a repetir en quince años, en los que había amontonado dinero y poder. Le había ordenado a su corazón que se endureciera hasta no sentir nada, y había tenido éxito como en todo lo demás.
Pero ahora le ocurría algo que lo asustaba. El pasado llamaba cada vez más fuerte, tentándolo a volver a un tiempo en que había estado abierto a los sentimientos.
Sólo había una persona que no tuviera miedo cuando Luca estaba cerca, Sonia, su asistente personal. Una mujer madura, serena y eficiente, que lo miraba con ojos mitad maternales, mitad cínicos. Era la única persona en quien confiaba y con la que hablaba de su vida personal.
– No pierdas el tiempo amargándote -le aconsejó tomando algo aquella tarde-. Siempre has dicho que era de débiles. Tienes tu divorcio, así que olvídalo y vuélvete a casar.
– ¡Jamás! -saltó él-. ¿Otro matrimonio estéril del que se pueda reír la gente? No, gracias.
– ¿Por qué tiene que ser estéril? Que no hayas tenido un hijo con Drusilla no quiere decir nada. A algunas parejas les pasa; no pueden tener niños juntos, pero cada uno lo puede tener con otra persona. No se sabe por qué, pero pasa. Este peluquero es su «otra persona», y ahora tú puedes buscar la tuya. No puede ser muy difícil, eres un hombre atractivo.
