– Tu propio hijo y heredero -dijo ella, acurrucándose feliz en sus brazos.

– No soy más que un obrero -rió él-. Los obreros no tenemos herederos. Además, quiero que sea niña, como tú. Otra Becky.

El embarazo le dio lo mejor de él, y ella volvió a darse cuenta de que era un hombre maravilloso, adorable, tierno y considerado como pocos. Más tarde, cuando la angustia reemplazó a la alegría, su ternura fue lo que Rebecca recordaría con más nostalgia.

Frank estuvo mucho tiempo fuera aquel verano y no hubo mucha oportunidad de hablar con él. Cuando regresaba era tan solo para un par de días en los que estaba todo el tiempo al teléfono. Becky no quería darle la noticia hasta estar segura de tener toda su atención, así que esperó hasta que sabía que se quedaría al menos un par de semanas. Para entonces estaba de tres meses.

– ¿Se lo dirás esta vez? -le preguntó Luca.

– Claro. Solo quiero que todo salga bien cuando lo haga.

– Quiero estar contigo. No voy a dejar que te enfrentes tú sola a su enfado.

– ¿Qué enfado? Se va a emocionar. Le encantan los niños.

Pero su padre se puso loco de ira.

– ¿Te ha dejado preñada ese…? -terminó la frase con una sarta de improperios.

– Papá, no me ha dejado preñada. Estoy embarazada del hombre al que amo. No hagas que suene como algo sucio.

– Es sucio. ¿Cómo se ha atrevido a ponerte un dedo encima?

– Porque yo quería. Hablando claramente, yo lo arrastré a la cama, y no al revés.

– Que no vuelva a oírte decir eso nunca más -gritó él.

– ¡Es verdad! Quiero a Luca y me voy a casar con él.

– ¿Crees que voy a permitirlo? ¿Crees que mi hija se va a casar con ese viva la vida? Cuanto antes lo arreglemos, mejor.

– Voy a tener a mi hijo.

– ¡Y un cuerno!

Ella se escapó aquella misma noche y Frank la siguió e intentó comprarla. La mera mención del dinero sólo hizo a Luca gruñir de carcajadas.



22 из 116