Más tarde Becky se daría cuenta de lo que su padre había oído en aquella risa, el gruñido de un león joven que le dice al viejo que ya no manda. Quizá el odio visceral de su padre databa de aquel momento. Este intentó conseguir ayuda de los locales, pero se frustró. Él era poderoso, pero Luca era uno de ellos y ninguno se levantaría contra él. Pero Becky sabía que no se rendiría, así que sugirió que se marcharan.

– Sólo una temporada, cariño. Papá se sentirá mejor cuando ya sea abuelo.

– Odio huir -suspiró él-, pero toda esta pelea no es buena ni para ti ni para el niño.

Volaron al sur a casa de unos amigos de él en Nápoles. Dos semanas después Luca compró un coche y lo reparó, y entonces siguieron hacia el sur, hasta Calabria. Tras otras dos semanas volvieron a partir, aquella vez hacia el norte.

Hablaban de casarse, pero nunca se quedaron en un lugar el tiempo suficiente para las formalidades, por si los encontraban los tentáculos de Frank. En cualquier parte él encontraba un empleo; era una buena vida.

Becky no sabía que fuera posible tanta felicidad. Su amor era incuestionable, sin complicaciones, aquel que inspiraba las canciones e historias de amor, con un final feliz. Ella lo amaba, él la amaba y tenían un bebé en camino. ¿Qué más podía pedir?

El recuerdo de Frank seguía en el fondo, pero después de varias semanas sin señales de él, este se fue desvanecido. Ella empezó a comprender mejor a Luca, y a sí misma. Fue él quien le reveló su propio cuerpo, sus respuestas y su necesidad de amor físico. Pero fue también a través de él y de la vida que llevaban como fue capaz de mirarse desde fuera, con mirada crítica, y no le gustaba lo que veía.

– Era horrible -le dijo una vez-. Una mocosa mimada y consentida, sin preguntarme nunca de dónde sacaba el dinero mi padre. Pero la verdad es que venía de hombres como los que me pararon aquel día; prácticamente se lo robaba. En realidad no puedes culparlos, ¿verdad?



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