– Tampoco te puedes culpar tú. Eras muy niña. ¿Cómo se te iba a ocurrir preguntarle a tu padre sobre sus métodos? Pero cuando te han abierto los ojos no has intentado mirar hacia otro lado. Mi Becky es demasiado valiente para hacer eso.

El modo en que decía «mi Becky» la hacía sentir la persona más importante del mundo. Poco a poco fue comprendiendo que Luca era una persona para ella y otra distinta para los demás. Era un hombre aterrador, con un aura de hombre sin piedad e incluso violento que a ella le costó entender, pues nunca se lo mostró. Tenían sus peleas, pero él nunca utilizó su agresividad contra ella y siempre las terminaba deprisa, a menudo simplemente cediendo. No le gustaba estar de malas con ella.

En su vida diaria él era tierno, cariñoso, y la tenía en un pedestal, reafirmando con sus actos que ella era una persona diferente a todas las demás. Su amor por ella llevaba un ápice de adoración que la conmovía, a pesar de que en ocasiones se tornaba en una sobreprotección casi dictatorial. Fue él quien decidió, al sexto mes de embarazo, que debían dejar de tener relaciones hasta que el bebé naciera y ella se recuperara del todo.

– Es muy pronto -se quejaba ella-. El médico dice que aún tenemos tiempo.

– El médico no es el padre del bebé, soy yo. Y he decidido que es hora de parar.

– Quedan muchos meses. ¿Qué vas a hacer? Bueno, ya me entiendes.

– ¿Qué estás diciendo, que no te fías de que te sea fiel?

– No sé, ¿me fío?

– Amor mia, te prometo que volveré a casa nada más salir de trabajar, y si quieres me puedes poner una correa.

Cumplió lo prometido y pasaba en casa todo su tiempo libre. Cuando Becky hablaba en el médico con otras madres expectantes sabía la suerte que tenía. Todo le parecía divertido; ser pobre, aprender a hacer la compra de la forma más económica, vivir con vaqueros viejos y abandonarlos a medida que iba ganando peso.



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