
Fue Luca quien decidió que debían asentarse en un sitio cuando llevaba más de seis meses de embarazo, pues quería que a partir de entonces la llevara el mismo médico. Habían llegado a Carenna, una pequeña ciudad cerca de Florencia donde él había encontrado empleo con un constructor local. Les pareció un lugar agradable donde echar raíces. Encontraron un buen médico y unas clases de preparto a las que él la acompañaba. En casa practicaban juntos los ejercicios hasta que se caían de risa.
Quizá tanta felicidad no podía durar. A veces le parecía que ya había gastado los buenos momentos de su vida en aquellos meses gloriosos.
La casa de Philip Steyne era una mansión a las afueras de Londres, con más habitaciones de las que necesitaba. La cena era para veinte, un número suficientemente grande para permitir las relaciones, y pequeño para permitir un contacto más cercano entre las personas adecuadas. Rebecca sabía exactamente lo que se esperaba de ella y se vistió para la ocasión con un vestido de terciopelo color burdeos que envolvía su esbelta figura, medias negras de seda y unas delicadas sandalias negras. Se había dejado el pelo suelto, en un estilo «natural» que le había llevado tres horas de peluquería. El collar y pendientes de oro eran un regalo de Danvers «para remarcar la ocasión».
– Aún no sabemos quién va a venir -señaló este al llegar en coche a la casa-. Raditore se ha mostrado tímida y no ha dicho si será el presidente, el ejecutivo jefe o el director general.
– ¿Importa? -preguntó ella-. Conozco mi trabajo, y lo haré igual venga quien venga.
– Eso es, haz que le dé vueltas la cabeza. Debo decir que estás vestida para ello. Nunca te he visto tan guapa.
– Gracias.
– Siempre estoy orgulloso de ti.
– Gracias -repitió de forma mecánica. Le costaba responder pues los cumplidos de Danvers parecían sacados de una lista.
Al cruzar la puerta de coches y aproximarse a la casa Rebecca tuvo un momento de extraña conciencia molesta. De repente el lujoso coche se convirtió en todos los coches lujosos en los que había viajado, y la enorme y adinerada casa era el final de una larga lista de casas adineradas; la cena para conocer a hombres ricos, y embelesarlos, no se distinguía de tantas otras.
