
– Danvers, Rebecca, qué encantador veros, entrad. Rebeca, estás tan maravillosa como siempre, qué vestido tan divino.
Las mismas palabras pronunciadas cientos de veces por cientos de personas. Y su propia respuesta, indistinta de las demás. Las mismas sonrisas, las mismas risas, el mismo vacío. Philip le susurró en el oído.
– Bien hecho. Lo vas a derretir.
– ¿Ya ha llegado?
– Hace diez minutos. Por aquí.
Fue entonces cuando pasó a la otra habitación y vio a Luca Montese por primera vez desde hacía quince años.
Ahora que estaban asentados ya podían casarse.
– Carissima, ¿no te importa una ceremonia sencilla sin un traje de novia impresionante?
– Estaría graciosa con un traje de novia impresionante y un bombo de siete meses -rió ella-. Y no quiero nada escandaloso; sólo te quiero a ti.
Iban a acostarse y él la arropó y se arrodilló a su lado, le tomó las manos y le habló en una voz baja y reverencial que ella no había escuchado nunca.
– Pasado mañana estaremos casados. Nos pondremos ante Dios y haremos las sagradas promesas, pero te aseguro que ninguna será tan sagrada como las que te hago ahora. Te prometo que mi corazón, mi amor y toda mi vida te pertenecen, y siempre será así. ¿Lo entiendes? Sea corta o larga mi vida, cada segundo de ella estará dedicada a ti -y le puso la mano en la tripa-. Y a ti, pequeño, a ti también te querré y protegeré en todas las formas. Estarás feliz y a salvo, porque tu mama y tu papa te quieren.
– Oh, Luca -logró decir al fin Becky entre lágrimas-, si sólo pudiera decirte…
– Shh, carissima. No hace falta que me digas lo que veo en tus ojos -le dijo, y le tomó el rostro entre las manos-. Siempre serás para mí como ahora -le susurró antes de besarla.
