
Aquella noche Becky durmió entre sus brazos y se despertó con un beso. Luca se fue a trabajar más pronto para poder regresar temprano y ayudar con los preparativos de última hora. Becky pasó el día arreglando la casa y asegurándose de tener suficiente comida y vino para sus amigos. Estaba poniendo una tetera a calentar cuando sonó el timbre. Casi fue un alivio ver allí a Frank. Se sintió más segura, pues estaba segura de que su tripa le haría aceptar lo inevitable.
– Hola, papá.
– Hola, Becky. ¿Puedo pasar? -y entró sin fijarse en el cuerpo de su hija-. Estás sola por lo que veo. ¿Ya se ha cansado de ti?
– Papá, son las tres. Está trabajando, pero llegará en cualquier momento.
– Eso dices.
– Me alegro de verte.
– Sí, espero que ya te hayas hartado de todo esto.
– No. Esta es mi vida. Mira toda esta comida y vino; es para el banquete de boda de mañana.
– ¿Así que no te has casado? Bien, entonces he llegado a tiempo.
– Voy a tener al hijo de Luca y me voy a casar con él. ¿No vas a venir a nuestra boda y brindar a nuestra salud y ser nuestro amigo?
– Querida -la miró con condescendencia-, estás viviendo en un mundo de fantasía. Créeme, sé lo que es mejor para ti. Él te ha engañado con falsas promesas.
– Papá.
– Pero he venido a arreglarlo. Deja que cuide de ti. Todo va a salir bien en cuanto lleguemos a casa.
– Esta es mi casa.
– ¿Esto, esta casucha? ¿Crees que te voy a dejar aquí? Deja de discutir y vámonos.
– Suéltela -gruñó de repente Luca, que había corrido a la casa al oír los gritos.
– Quítate de mi camino.
– He dicho que la suelte -repitió Luca, taponando la puerta.
Sin hacerle caso, Frank intentó arrastrar a su hija hacia la puerta de atrás. Becky luchaba con todas sus fuerzas, pero su tamaño se lo ponía difícil. Con un juramento Luca fue a zancadas y agarró a Frank de un brazo.
