De algún modo sabía que estaba de vuelta en Inglaterra, en una casa grande y acogedora con gente en bata blanca que hablaba con voces amables.

– ¿Qué tal estás hoy? ¿Un poco mejor? Eso es bueno.

Ella nunca contestaba, pero a ellos no parecía importarles. La trataban como a una muñeca, peinándola y hablándole como si no estuviera.

– No hay modo de saber cuánto tiempo estará así, señor Solway. Tiene una depresión post-parto muy severa, agravada por las heridas internas, y necesita tiempo.

Nunca les recordó que era un ser vivo con pensamientos y sentimientos, porque ya no se sentía como tal. Era más fácil así porque ellos no parecían esperar respuesta alguna y el agotamiento emocional hacía que contestar le pareciera como escalar una montaña.

A menudo las palabras le parecían un parloteo sin significado, pero un día el mundo empezó a cobrar sentido y empezó a escuchar y ver con normalidad. Frank estaba en medio de uno de sus interminables monólogos, y las palabras tomaron sentido.

– No ha sido fácil volver a Inglaterra, es mala época en el mundo financiero; me ha dejado con una cuenta altísima. Pero dije que sólo lo mejor era suficiente para mi hija, y este sitio es el mejor. Sí, señor, sin escatimar en gastos.

– ¿Dónde está? ¿Dónde está Luca? ¿Por qué no viene a verme?

– Porque se ha ido de una vez por todas. Lo compré.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó ella, volviendo lentamente la cabeza y observándolo con una mirada que estremeció incluso a aquel hombre duro.

– Quiero decir que lo compré. Exigió dinero para alejarse y no molestarte nunca más.

– No te creo.

– Te lo demostraré.

La prueba fue un cheque por lo equivalente en euros a cincuenta mil libras, a nombre de Luca Montese, con el membrete en el dorso del banco donde había sido cobrado. Ella quiso decir que era falso, pero conocía el banco de Luca en Toscana, y era el mismo.



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