Aunque había creído que ya estaba muerta, aún le debía de quedar algún sentimiento vivo, porque lo sintió morir en aquel momento. Y se alegró.


Todo el mundo estuvo de acuerdo en la excelencia de la comida, en la que Luca Montese había sido el centro desde el principio. A medida que iban entrando los invitados, se los iban presentando sin dejar dudas de quién era el huésped de honor. Pero incluso sin aquello, habría captado toda la atención por su magnetismo, por su mirada penetrante y su sonrisa ladina. Era un depredador; reconocía fríamente las presas a su alrededor y las ordenaba según la importancia que tuvieran para él. Todos lo sabían, y todos lo cortejaban. Salvo ella.

– Luca -le dijo alegremente Philip Steyne-, déjame presentarte a una de mis personas favoritas, Rebecca Hanley, Relaciones Públicas del Allingham.

– Entonces la señora Hanley es alguien de la máxima importancia para mí.

– Buenas tardes, signor Montese -saludó ella con frialdad.

Era diferente. La mano que envolvió la suya ya no era la garra áspera que la había sujetado con pasión y ternura, y que ella había amado. Ahora era suave y con manicura, la mano de un hombre rico; la de un extraño. Se obligó a mirarlo a los ojos, y no vio nada. Ni calor, ni alarma, ni asombro ni reconocimiento. Nada. Un sentimiento de alivio y otro de desilusión lucharon dentro de ella, pero ninguno ganó.

– Podías haber sido un poco más amable -protestó Danvers a sus espaldas cuando lo hubo soltado-. Estos hombres hechos a sí mismos pueden ser muy susceptibles si creen que los tratan con condescendencia.

– Eres tú quien lo está tratando con condescendencia -apuntó ella.

– ¿Qué?

– La forma en que has dicho «estos hombres hechos a sí mismos» ha sido muy condescendiente. Como si fueran todos iguales.

– Lo son, más o menos. Llenos de sí mismos, siempre queriéndote contar cómo lo han conseguido.



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