– ¿Te vas a casar con Danvers Jordan?

– ¿Qué has dicho? -preguntó ella, tras volverse, en tono de advertencia.

– Quiero saberlo.

– Pero a mí no me viene bien decírtelo. Buenas noches, signor Montese.

Entró en el jardín de invierno seguida de Luca, aunque este no intentó seguir hablando. Cuando al fin se despidieron, él le sujetó la mano más tiempo del normal.

– Arrivederci per ora -le dijo en voz baja, «adiós por ahora».

– Mai piu -se apresuró a contestar ella, «nunca más», y él le soltó la mano y se fue.

– Bien hecho, cariño -la felicitó Danvers de camino a casa-, le has causado sensación a Montese. No podía dejar de hablar bien de ti.

– Lástima no poder decir lo mismo -repuso ella, intentando sonar aburrida-. Era un hombre imposible. Grosero, vulgar, sin gracia…

– Pues claro, ¿qué esperabas? Pero como hombre de dinero no tiene igual.

– Sólo espero no tener que volver a verlo.

– Pues me temo que lo verás. Por lo que he oído se va a alojar en el Allingham.

– ¿Por qué?

– No tiene casa en este país. Tiene sentido que viva en un hotel, y está claro que elige aquel del cuál posee acciones. Es totalmente razonable.

– ¿Cuándo te lo ha dicho?

– Justo antes de irnos. Por eso te decía que has hecho un trabajo brillante. Y Steyne estaba entusiasmado, no deja de soltar indirectas sobre «adquirir un valioso premio».

La respuesta correcta habría sido transformar aquello en una proposición, una esperada desde hacía mucho tiempo, pero ella tomó aire y dijo.

– Es muy amable de su parte -y bostezó-. No me había dado cuenta de lo cansada que estoy. Déjame en la puerta, ¿vale?, me voy a ir directa a la cama.

Él aceptó su rechazo sin protestar, aunque se despidió de manera un tanto fría.


Nigel Haleworth, el director ejecutivo del hotel, era un hombre cínico y genial. Rebecca se llevaba muy bien con él, y después de su reunión semanal de la mañana siguiente, le dijo con una sonrisa:



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