
– Parece que has conocido al rey Midas. Llega hoy. La suite del ático, por supuesto.
– ¿El rey Midas?
– Luca Montese. ¿Recuerdas la historia del rey Midas?
– Sí, se quedó sin nadie al olvidarse de su hija cuando deseó convertir en oro todo lo que tocaba.
– Exacto, eso es lo que dicen de Montese, salvo lo de la hija, claro. No hay nada en su vida más allá del dinero.
– Tengo entendido que está divorciado.
– Hace unos meses. Un asunto delicado. A los reyes les gusta tener un heredero, pero él nunca logró dejarla embarazada en seis años de matrimonio. Y luego ella tuvo un niño de otro hombre. Puedes imaginarte lo que eso significa. Por lo que se ve es una persona aterradora si no estás de su lado. Tiene un montón de enemigos y todos se burlan de él a sus espaldas, cosas como que no es capaz de hacer lo que cualquier hombre.
– Eso es una tontería; simplemente pueden ser incompatibles.
– O a lo mejor no puede tener hijos. Es lo que se comenta.
– Si son sus enemigos creerán lo que quieran.
– ¿Qué te pareció?
– Dejémoslo en que entiendo que tenga enemigos -contestó, tras pensárselo.
– ¿Por qué no buscas algo sobre él antes de que llegue?
Una vez en su habitación, Rebecca se conectó a Internet, y casi no encontró nada en las páginas inglesas, pero las italianas le informaron mucho. Raditore había crecido rápidamente de un negocio pequeño a un enorme conglomerado, a una velocidad que decía mucho de la habilidad y falta de escrúpulos de su dueño. Pero no había nada de su vida personal; quizá nunca la había tenido. Entonces se dio cuenta. El hombre al que había visto la pasada noche parecía no tener vida anterior más allá de su fijación por Rebecca, como si hubiera dado carpetazo a toda su vida salvo una parte. Ahora pudo sentir algo por él, y era pena. Ella se había congelado para protegerse de un dolor insoportable, y se preguntó si él habría hecho lo mismo.
