Encontró multitud de tareas que hacer para no estar en el hotel cuando él llegara. Al regresar estaba de mejor humor, e incluso dispuesta a aceptar que necesitaban hablar. Estaba segura de que la llamaría para una cena tranquila. Entonces se pondrían al día y se libraría de todos sus fantasmas. Sintiéndose más tranquila y segura, se preparó para que sonara el timbre. Pero en lugar de ello llamaron a la puerta.

– Esto es para usted, señora -dijo un hombre que llevaba un paquete-. Firme aquí, por favor.

Cuando el hombre se hubo ido, abrió el paquete y encontró una caja de joyería. Dentro, vio el más fabuloso juego de diamantes que hubiera visto. Un collar de tres vueltas, pendientes, un brazalete y un broche. Su ojo experto le dijo que aquello valía casi cien mil libras. La tarjeta tan solo tenía escritas dos palabras: Per adesso. «Por ahora». Rebecca se sentó, alarmada al notar que estaba temblando.

Al fin hizo acopio de fuerzas y fue a la puerta. Tardó cinco minutos en llegar al ático, en los que le fue aumentando la ira, que soltó en cuanto él abrió la puerta.

– ¿Cómo te atreves? Quédatelo, y no vuelvas a hacer algo así nunca más -le advirtió. Él se echó hacia atrás para dejarla entrar a dejar la caja-. Te lo digo en serio; no quiero estas cosas. Luca, ¿en qué estabas pensando? No puedes enviarle algo así a un extraño.

– Tú no eres una extraña; no puedes serlo.

– Tengo que serlo después de todos estos años. Han pasado demasiadas cosas, somos distintos; y no acepto este tipo de regalos.

– ¿Quieres decir que no los aceptas de mí, porque no soy suficientemente bueno?

– No seas absurdo. Claro que eres bueno. ¿Cómo puedes decir eso después de nuestro pasado? Creo que merezco algo más de ti.

– De acuerdo, lo siento. A lo mejor no soy tan distinto de lo que era. A lo mejor sigo siendo el campesino al que tu padre miraba por encima del hombro. Puedo cambiar por fuera pero no en el interior. Oigo los desprecios, incluso cuando los susurran.



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