– Debí haberlo sabido -dijo al fin-, pero no era yo.

– No, no volviste a ser tú desde el día que apareció tu padre. Te vi una vez después. ¿De verdad no recuerdas cuando fui al hospital?

– Siempre me pregunté por qué no volviste -contestó ella mientras negaba con la cabeza.

– ¿Crees que me habría dejado? Él era tu padre, tu familiar, y yo no era nadie. Si hubiera llegado un día más tarde habría sido tu marido, pero no lo era, y no tenía derechos.

– Sí -dijo ella, paralizada-. Recuerdo que dijo «entonces he llegado a tiempo». Quiso decir a tiempo para impedir que nos casáramos. Pero tú eras el padre del bebé.

– Antes de llamar a nuestra puerta, tu padre había untado al jefe de policía. Estuve entre rejas una semana.

– ¡Dios santo! ¿Con qué cargos?

– Cualquier cosa que se les ocurriera -contestó él encogiéndose de hombros-. No importaba, porque tampoco querían que estuviese mucho tiempo, sólo el necesario para su propósito. Creía que te estabas muriendo. Rogué que me permitieran verte, pero nadie me escuchó. Y por fin un día vino tu padre y me contó que el «pequeño bastardo», como lo llamaba, había muerto. Dijo que había sido culpa mía, que yo había provocado que perdieras el bebé por mi «comportamiento rudo»…

– Pero eso no es cierto -saltó ella-. Era él el que era rudo. No te peleaste con él, te quedaste como una estatua. De eso sí me acuerdo.

– Claro que fue así, porque tenía miedo de herirte.

– Entonces ¿cómo pudiste sentirte culpable sabiendo que no era culpa tuya?

– ¿Por qué se confiesa un hombre inocente? Porque le torturan la mente hasta que cree que lo que es verdad es mentira y viceversa. Estaba atormentado, con nuestra hija muriendo, deseando verte y sin poder acercarme; no le costó hacerme sentir que todo era culpa mía. Y luego me llevó a verte. Pensé que era mi oportunidad de abrazarte y decirte que te quería. Pero tú no estabas bien.



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