– Ahora soy Rebecca -dijo enseguida ella-. Ya nadie me llama Becky.

– Me alegro. Quiero que sea algo entre tú y yo. Era especial, entonces.

– Sí, era especial. Pero era otra vida.

– Pero a mí no me gusta mi vida ahora, ¿y a ti?

– No me hagas esas preguntas -rogó ella.

– ¿Por qué no? Si eres feliz sólo tienes que decirlo. Danvers Jordan es el hombre de tus sueños, ¿no?

– Por favor -casi se rió ella-. El pobre Danvers no es el hombre de los sueños de nadie.

– Entonces tu vida con él no es feliz. ¿Os vais a casar?

– Si me decido sí. Déjalo, Luca, me alegro de haber averiguado la verdad. Te juzgué mal, y quizá podamos ser amigos, pero eso no te da derecho a interrogarme sobre mi vida.

– ¿Amigos? ¿Cómo crees que podríamos ser amigos?

– Es lo mejor que hay.

– Entonces celebrémoslo con una copa -sugirió él, tras un suspiro desolador.

– De acuerdo -aceptó ella, y lo siguió hasta el minibar-. Jerez seco, por favor.

Lo observó servir, observó los movimientos diestros de sus grandes manos, que habían sido tan poderosas y tan tiernas, y que ahora eran las de un rico, aunque ninguna manicura podría ocultar su nervio. Al levantar la vista, él también la estaba observando.

– ¿Estoy muy cambiada?

– Llevas el pelo distinto. Antes era castaño, pero no tan claro como ahora.

– No me refiero a eso.

– Ya sé a lo que te refieres -dijo, y se acercó a ella hasta mirarla a los ojos.

Ella quiso darse la vuelta, pero él la mantuvo con la mirada y con su tristeza. Rebecca no había esperado aquella tristeza, y le sobrepasaba.

– No -contestó al fin-. No has cambiado.

– No es verdad -lo rebatió ella con una sonrisa melancólica.

– Sí lo es. No te muevas.

Le había colocado una mano en el hombro, y ella se detuvo y alzó de nuevo la vista, sin querer mirarlo a los ojos pero sin poder evitarlo. Por fin vio la conexión que había sobrevivido a los años. La antigua fuerza que emanaba de él, la seguridad en sí mismo que había tenido incluso siendo pobre. Aquel era Luca como había sido entonces. Lentamente, él levantó una mano, acariciándole el cuello y luego la mejilla. Parecía estar en trance, atrapado por algo más fuerte que él. Se le endulzó la expresión.



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