
– Rebecca -saludó con una sonrisa forzada-. Qué agradable verte.
– Buenas tardes, Danvers -correspondió ella, y sonrió a la joven.
– Ann, esta es la señora Hanley, la Relaciones Públicas del Allingham. Ann es mi secretaria en el banco -las presentó, y miró alrededor-. ¿Está Montese contigo?
– No, ¿por qué iba a estarlo?
– Sólo me preguntaba. Ann, ¿te importa…? -se disculpó, y la mujer se marchó.
– ¿Has tenido un bien viaje? -preguntó Rebecca.
– Sí, ha ido muy bien.
– ¿Hace mucho que has vuelto?
– Tres días -respondió él, y Rebecca se quedó atónita y desconcertada.
– Normalmente no tardas tanto en llamarme.
– Por favor, Rebecca, no disimules. Sabes perfectamente por qué no he contactado contigo. No me digas ahora que te importa.
– Danvers, yo…
– Habría estado mucho mejor que me lo dijeras tú misma, en lugar de mandar a tus matones.
– No sé de qué me hablas.
– Te hablo de Luca reivindicando su propiedad como si fuera el caudillo de una tribu.
– ¿Su propiedad de qué?
– De ti, ¿de qué va a ser? Me dejó bien claro que podría ocurrirme algo malo si no me retiraba.
– ¿Qué? Danvers, no me lo creo, no puede ser verdad. Debes haber entendido mal.
– Créeme, cuando Montese quiere poner algo en claro no hay lugar a los malos entendimientos. Tú le perteneces y yo desaparezco, ese fue el mensaje.
– Puedo asegurarte que no le pertenezco.
– Pues díselo a él, porque él cree que sí.
– Danvers, ¿me estás diciendo de verdad que te amenazó con violencia física?
– No fue tan explícito, no hacía falta. Es un hombre que lo sabe todo.
– ¿Sobre qué?
– Sobre todo y sobre todo el mundo. Lo sabía todo sobre mí, cosas que creí haber enterrado.
– ¿Cosas que no le gustarían al banco?
