Anna alzó la vista y miró con dureza a su hermano. Luego se volvió hacia Em. Su expresión demostraba un poco menos de miedo. La decisión más difícil ya estaba tomada.

– Sí, -dijo por fin, con una sonrisa casi tan amplia como la de su hermano.

– Entonces, manos a la obra -repuso Em, y comenzó a marcar un número de teléfono.

CAPITULO 2

LA LUZ del atardecer despertó a Em. Lo que sentía era algo tan novedoso que, por un momento, pensó que estaba soñando. Poco a poco fue recordando lo sucedido por la mañana y la invadieron sentimientos muy complejos y difíciles de asumir.

Primero estaba Charlie. A pesar de la edad que él tenía, su muerte le había dejado un vacío y un dolor que tardaría en acallar.

Em siempre intentaba no dejarse afectar por los problemas de sus pacientes, pero como único médico en una pequeña ciudad, eso resultaba imposible. Además, conocía a Charlie de toda la vida. Siendo aún muy niña, murieron sus padres y la crió su abuelo. Él y Charlie eran muy amigos. Con la muerte de Charlie desaparecía el último vínculo con su niñez. El último lazo con los fines de semana que había pasado pescando en el bote de su abuelo, o sentada en el embarcadero cebando anzuelos, mientras los dos hombres charlaban al sol. O de las incontables tazas de te que ellos le preparaban cuando estaba estudiando sus libros de medicina.

Los había querido mucho. Su abuelo había muerto dos años antes, y esa mañana Charlie había ido a buscarlo.

Pensó que lo echaría muchísimo de-menos.

Y Jonas… ¿Qué pasaba con Jonas?

Estaba muy confusa. Se había acostado para dormir una siesta de pocos minutos y se despertó dos horas después, totalmente confundida: la tristeza por la muerte de Charlie, la tensión por el bulto de Anna…

Y el recuerdo de Jonas.



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