¿Por qué se superponía a todo lo demás? Estaba allí como una luz, iluminando el resto de su horrible día, y era una sensación tan nueva que intentó retenerla.

Se levantó y se lavó la cara, amonestándose por haber dejado que otro doctor, de quien no sabía nada, se hiciera cargo de su trabajo.

Tenía que comprobar quién era, se dijo. Su instinto hacía que lo creyera, pero confiarle a sus pacientes era otra cosa, y el tribunal médico no vería con buenos ojos que hubiera cedido sus responsabilidades a un charlatán.

Bastó una llamada a un amigo en el Sydney Central.

– ,¿Tenéis a un tal Jonas Lunn en ese hospital?

– Es un hombre brillante -dijo la voz de Dominic desde la sala de médicos-. ¡Brillante! Le han ofrecido un trabajo estupendo como profesor en el extranjero, y los que mandan aquí están muy preocupados por cómo van a sustituirlo. Es el mejor. Y es muy bondadoso con sus pacientes -¿cómo sabía Em que Dominic iba a decir eso? No lo sueltes, Em. Si te está ofreciendo ayuda, acéptala.

«Quizá», pensó Em, y, haciendo un esfuerzo por ordenar sus pensamientos, se dirigió a ser una vez más el único médico de Bay Beach.

Pero ya no era el único médico. Jonas no soltaba el puesto tan fácilmente.

– Vete a casa -gruñó él cuando ella abrió la puerta de la consulta y se asomó-. Estoy ocupado.

Y lo estaba. La pequeña Lucy Belcombe, de nueve años, muy acostumbrada a ir de catástrofe en catástrofe, estaba allí con una fractura en el antebrazo. Jonas tenía la radiografía en la pantalla para que Em pudiera ver lo que pasaba. Ya estaba poniendo la última capa de escayola y era obvio que la madre de Lucy, que lo observaba, estaba muy impresionada de que un hombre de apariencia tan espléndida estuviera cuidando a su hija.

«Ni siquiera sabe si Jonas es médico o no», pensó Em indignada.

– Estamos arreglándonoslas muy bien sin usted, doctora Mainswaring, ¿verdad, Lucy?

Lucy estuvo de acuerdo.



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