– Pues sólo hay una persona -rebatió ella, y pasó la mano por el pelo de Lucy-. Adiós, Lucy. Ten cuidado.

– La palabra cuidado no está en su vocabulario -dijo la madre en tono amargo, guiando a su hija hacia la puerta-. Muchas gracias, doctor Lunn -se volvió hacia Em y le susurró al oído, aunque Jonas pudo oírlo-: Ay, querida. Es guapísimo. Si yo fuera tú, me lo quedaría.

Al oírla, Em se sonrojó.

– Te he dejado notas detalladas sobre todos los pacientes que he visto, por si quieres revisarlas.

Después de que las Belcombe se hubieran marchado, Jonas hizo un informe de las dos horas anteriores.

– La señora Crawford es la única que puede preocuparnos, por su diabetes. Ha estado vomitando de forma intermitente durante dos días. No creo que sea nada grave, pero empezaba a estar deshidratada y le había subido el azúcar. Así que Amy y yo la hemos ingresado..

– ¿Amy y tú la habéis ingresado? -el tono de Jonas era tranquilizador, pero tuvo el efecto contrario. El que alguien se hiciera cargo de sus cosas era una experiencia tan nueva que se quedó sin aliento-. ¿Tú hiciste qué?

– Amy y yo la ingresamos -repitió Jonas-, con la ayuda de tus enfermeras. Le puse un gota a gota y la dejé en observación. No es un concepto demasiado difícil, doctora Mainwaring…

– Pero sí raro -replicó ella-. Nadie ingresa a nadie en este hospital sino yo.

. -Bienvenida al nuevo orden -dijo él, y se quedó mirándola. Ella estaba a punto de estallar.

– Disculpa…

– ¿No quieres tener un nuevo socio? ¿Temporalmente? -Em se quedó boquiabierta y la sonrisa de Jonas se acentuó-. Cierra la boca -le dijo con dulzura-, o te entrarán moscas. Y deja de poner esa cara. Sólo estoy pidiendo trabajo.

– ¿Pidiendo trabajo?

– Uno temporal -contestó Jonas con suavidad-. Lo necesito -aún sonreía, pero con más dulzura, como si entendiera lo que su ofrecimiento significaba. Como si supiera lo cansada que estaba-. Siéntate -le dijo con calma, y Em se sentó.



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